Errores frecuentes en proyectos
El error de postergar el shaft: por qué las instalaciones no pueden diseñarse al final
Dejar la ubicación de ductos, bajantes y tuberías para la etapa de obra es uno de los errores más repetidos y más caros de corregir en un proyecto.
Equipo CR ARQ
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18 de octubre de 2026

Hay un momento, casi siempre en obra y casi siempre tarde, en que alguien pregunta por dónde va a pasar la bajante del baño del segundo piso, o el ducto de extracción de la cocina, o el cableado que alimenta el tablero eléctrico. Y la respuesta, con demasiada frecuencia, es: no se sabía. El proyecto se diseñó resolviendo plantas, fachadas y cortes, pero las instalaciones quedaron como un problema a resolver después, cuando la estructura ya estaba definida y los espacios ya tenían forma.
Este es uno de los errores más repetidos en arquitectura, y también uno de los más evitables. No porque sea difícil de prevenir técnicamente, sino porque requiere una decisión temprana que muchos equipos posponen: definir, desde el anteproyecto, dónde van los shafts — los espacios verticales dedicados exclusivamente al paso de instalaciones — y dimensionarlos con margen real, no ajustado al mínimo.
Por qué pasa
El diseño arquitectónico suele avanzar primero por geometría y programa: cuántos metros cuadrados, qué relación entre ambientes, qué fachada, qué materialidad. Las instalaciones —sanitarias, eléctricas, de extracción, de aire acondicionado— se incorporan en una etapa posterior, muchas veces cuando el ingeniero de instalaciones recibe un plano ya cerrado y tiene que encontrar la forma de hacer pasar todo lo que el edificio necesita sin romper nada de lo ya decidido. El resultado es previsible: ductos que no caben donde deberían, bajantes que terminan atravesando un closet o reduciendo el ancho de un pasillo, cielorrasos que bajan 30 centímetros en zonas puntuales porque ahí es donde se concentró todo lo que no tuvo lugar en otro sitio.
En edificios de varios niveles el problema se multiplica. Un shaft mal ubicado en planta baja condiciona todos los pisos superiores, porque las instalaciones verticales necesitan continuidad de nivel a nivel. Si en el piso tres alguien decidió correr un muro quince centímetros para ganar espacio en un dormitorio, y ese muro es justo el que debía alojar el shaft, la solución en obra suele ser improvisada: un ducto exterior visible, una reducción de sección que no cumple con el caudal necesario, o un cielorraso técnico que termina ocupando más altura de la prevista.
Qué significa resolverlo bien
Resolver esto bien no es complicado en términos de diseño, es simplemente una cuestión de secuencia: pensar las instalaciones al mismo tiempo que la estructura y el programa, no después. Esto implica definir con el ingeniero de instalaciones, desde las primeras plantas de anteproyecto, algunos puntos concretos: dónde van los shafts verticales y qué sección necesitan considerando no solo el estado actual del edificio sino un margen para ampliaciones o cambios de uso futuros; qué recorrido van a tener los ductos de extracción de cocinas y baños, que suelen ser los elementos más voluminosos y los que menos se negocian una vez definidos; dónde se ubica el cuarto de máquinas o el espacio técnico, y cómo se conecta con los shafts sin cruzar zonas habitables; y qué holgura real tiene cada shaft, porque el error más común dentro del error es dimensionarlo justo para lo que se necesita hoy, sin considerar que los sistemas de instalaciones se reparan, se amplían y a veces se reemplazan por completo a lo largo de la vida del edificio.
Un shaft bien dimensionado no es un lujo de proyectos grandes. En una vivienda unifamiliar de dos plantas, el mismo principio aplica a escala menor: definir temprano por dónde sube la tubería del baño de arriba evita que, en obra, alguien tenga que decidir entre romper una viga ya vaciada o bajar el cielorraso de toda una habitación.
El costo de postergarlo
La consecuencia visible de este error casi siempre es estética: cielorrasos bajados sin razón aparente, un techo lleno de downlights que en realidad esconde una maraña de ductos mal coordinados, un ducto de extracción que sale por la fachada principal porque no quedó otro lugar. Pero el costo real es económico y de tiempo. Resolver una instalación en obra, cuando la estructura ya está construida, significa repicar, perforar elementos estructurales que no estaban pensados para eso, o rediseñar sobre la marcha con el proyecto detenido. Son decisiones que en etapa de diseño cuestan una reunión y en etapa de obra cuestan semanas y un sobrecosto que nadie había presupuestado.
Hay algo más de fondo en este error, y es que revela una forma de entender el proyecto donde la arquitectura y las instalaciones se piensan como capas separadas, una estética y otra técnica, en lugar de entenderlas como un mismo sistema que se diseña en conjunto. Los proyectos donde esto funciona bien no son necesariamente los que tienen ingenieros más experimentados, sino los que lograron que arquitectura e instalaciones se sienten a la misma mesa antes de que el anteproyecto se cierre. No es una cuestión de software ni de metodología sofisticada: es, simplemente, no dejar para el final lo que condiciona todo lo demás.
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